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| ESPERANZA Y NOSTALGIA EN COLLIOURE |
| Por Gregorio F.
Romero |
Collioure, sobre el Mediterráneo,
es una pequeña y hermosa ciudad del Roussillon, en
la llamada Costa Dorada, cerca del límite con España.
Ella fue y es, como le pasa a todos los ámbitos del
hombre, sede de la esperanza y la nostalgia.
Allí, hace casi cien años, llegaron a pasar
el verano dos pintores en los comienzos de su carrera: Matisse
y Derain. El uso del color puro que iniciaron los impresionistas
para representar la realidad apareciendo mágicamente
ante nuestros ojos, se va a intensificar en los paisajes de
Collioure que ellos pintaron juntos en ese verano de 1905.
Liberaron al color de su función mimética y,
para exaltarlo con plenitud, lo aplicaron sobre la superficie
de la tela en zonas más amplias que los pequeños
toques heredados de los impresionistas y puntillistas, buscando
además que se exalten mutuamente por el efecto intensificador
de los complementarios. En París, en el Salón
de Otoño de ese año, expusieron las magníficas
telas pintadas durante el verano, en compañía
de otros artistas amigos que compartían su entusiasmo
por el nuevo lenguaje plástico. Por lo insólito
de la novedad, fueron objeto del menosprecio de la crítica
tradicional y recibieron el nombre de fauvistas ("fieristas"),
que ellos aceptaron para designar a esta nueva vanguardia
de las artes plásticas que privilegió el poder
"expresivo" del lenguaje, razón por la cual
fueron después englobados en la denominación
de Expresionistas, coincidiendo con el grupo alemán
de Dresde que, por ese tiempo realizaba también su
propia experimentación. Las diferencias de circunstancias,
de temperamento y de ideología condicionaron, en esta
exaltación del color y la mancha sobre el dibujo y
la forma, dos manifestaciones temperamentales distintas. Mientras
la obra de los germanos tiende a acentuar los aspectos ásperos
de la realidad, la de los franceses, nacida bajo el magisterio
de Matisse y su experiencia con Derain en Collioure, es un
canto de entusiasmo y esperanza.
Treinta y cuatro años después, en un duro invierno
europeo, llegaba al mismo lugar Antonio Machado en circunstancias
diferentes: muy enfermo y huyendo de España con su
familia, al fin de la guerra civil. En los azares de su vida,
creía haber perdido el ámbito de su Andalucía
natal, tan presente en sus primeras poesías. Conservó
siempre la esperanza de un retorno ("un día tornarán,
con luz del fondo ungido"...) que ya se había
insinuado en Valencia, durante la guerra
"Otra vez
el ayer. Tras la persiana,
música y sol; en el jardín cercano,
la fruta de oro, al levantar la mano,
el puro azul dormido de la fontana.
Mi Sevilla infantil. ¡tan sevillana!,
¡cuál muerde el tiempo tu memoria en vano!…"
En Collioure, encontró otra vez la esencia de su Andalucía
infantil en el que fue su último verso. Es revivida
en la fiesta del sol, en el cielo azul. Posiblemente en un
luminoso día de ese crudo invierno, escribió
un alejandrino que su hermano José, que lo había
acompañado al exilio, encontró, luego de su
muerte, en un bolsillo de su chaqueta:
"Estos días azules y este sol de la infancia"
Cerca de la muerte (moriría a las pocas semanas), el
hombre cansado, gastado por el tiempo y sus sucesivos despojamientos
(juventud, ilusiones, amores, tierra) volvió a soñar
con los rasgos esenciales de su Andalucía recuperada
en el alma y en el sueño. Porque lo perdido se había
ido incorporando al propio vivir por obra de la única
posesión verdadera: la del amor.
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