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ICANEWS Mayo 2004, Año 1 # 3
ESPERANZA Y NOSTALGIA EN COLLIOURE
Por Gregorio F. Romero
Collioure, sobre el Mediterráneo, es una pequeña y hermosa ciudad del Roussillon, en la llamada Costa Dorada, cerca del límite con España. Ella fue y es, como le pasa a todos los ámbitos del hombre, sede de la esperanza y la nostalgia.

Allí, hace casi cien años, llegaron a pasar el verano dos pintores en los comienzos de su carrera: Matisse y Derain. El uso del color puro que iniciaron los impresionistas para representar la realidad apareciendo mágicamente ante nuestros ojos, se va a intensificar en los paisajes de Collioure que ellos pintaron juntos en ese verano de 1905. Liberaron al color de su función mimética y, para exaltarlo con plenitud, lo aplicaron sobre la superficie de la tela en zonas más amplias que los pequeños toques heredados de los impresionistas y puntillistas, buscando además que se exalten mutuamente por el efecto intensificador de los complementarios. En París, en el Salón de Otoño de ese año, expusieron las magníficas telas pintadas durante el verano, en compañía de otros artistas amigos que compartían su entusiasmo por el nuevo lenguaje plástico. Por lo insólito de la novedad, fueron objeto del menosprecio de la crítica tradicional y recibieron el nombre de fauvistas ("fieristas"), que ellos aceptaron para designar a esta nueva vanguardia de las artes plásticas que privilegió el poder "expresivo" del lenguaje, razón por la cual fueron después englobados en la denominación de Expresionistas, coincidiendo con el grupo alemán de Dresde que, por ese tiempo realizaba también su propia experimentación. Las diferencias de circunstancias, de temperamento y de ideología condicionaron, en esta exaltación del color y la mancha sobre el dibujo y la forma, dos manifestaciones temperamentales distintas. Mientras la obra de los germanos tiende a acentuar los aspectos ásperos de la realidad, la de los franceses, nacida bajo el magisterio de Matisse y su experiencia con Derain en Collioure, es un canto de entusiasmo y esperanza.

Treinta y cuatro años después, en un duro invierno europeo, llegaba al mismo lugar Antonio Machado en circunstancias diferentes: muy enfermo y huyendo de España con su familia, al fin de la guerra civil. En los azares de su vida, creía haber perdido el ámbito de su Andalucía natal, tan presente en sus primeras poesías. Conservó siempre la esperanza de un retorno ("un día tornarán, con luz del fondo ungido"...) que ya se había insinuado en Valencia, durante la guerra

"Otra vez el ayer. Tras la persiana,
música y sol; en el jardín cercano,
la fruta de oro, al levantar la mano,
el puro azul dormido de la fontana.
Mi Sevilla infantil. ¡tan sevillana!,
¡cuál muerde el tiempo tu memoria en vano!…"

En Collioure, encontró otra vez la esencia de su Andalucía infantil en el que fue su último verso. Es revivida en la fiesta del sol, en el cielo azul. Posiblemente en un luminoso día de ese crudo invierno, escribió un alejandrino que su hermano José, que lo había acompañado al exilio, encontró, luego de su muerte, en un bolsillo de su chaqueta:

"Estos días azules y este sol de la infancia"

Cerca de la muerte (moriría a las pocas semanas), el hombre cansado, gastado por el tiempo y sus sucesivos despojamientos (juventud, ilusiones, amores, tierra) volvió a soñar con los rasgos esenciales de su Andalucía recuperada en el alma y en el sueño. Porque lo perdido se había ido incorporando al propio vivir por obra de la única posesión verdadera: la del amor.
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