El mundo de todos los átomos que componen el mundo es, aunque desmesurado, finito, y sólo capaz como tal de un número finito (aunque desmesurado también) de permutaciones. En un tiempo infinito, el número de las permutaciones posibles debe ser alcanzado, y el universo tiene que repetirse. De nuevo nacerás de un vientre, de nuevo crecerá tu esqueleto, de nuevo arribará esta misma página a tus manos iguales, de nuevo cursarás todas las horas hasta la de tu muerte increíble.
Borges, Jorge Luis; La doctrina de los ciclos
Si el tiempo es un eterno retorno acaso la literatura no pueda escapar de él. Los textos de Jorge Luis Borges nos invitan a avanzar entre los movimientos avasallantes de un tiempo cíclico, un tiempo en el que todo vuelve, un tiempo infinito, inmortal. La ficción, al igual que el discurso historiográfico, va dejando en su entramado espacios en blanco, huecos, agujeros. Imaginar para escribir aquello que el relato ha dejado en un margen, reconstruir aquel fragmento inconcluso para convertirlo en un todo autónomo, leer para escribir entre los intersticios, parecieran ser, en efecto, una de las tantas preocupaciones de este escritor argentino nacido un 24 de agosto de 1899.
Borges escribe y construye sus textos a partir de recuerdos, de relatos, de citas o de otros textos que ha leído, que ha escuchado, que conoce o que inventa. El fin, relato incluido en Ficciones (1956), nos permite ver uno de estos tantos juegos borgeanos. En este cuento, Borges retoma y construye su historia a partir de un pasaje menor (marginal) del Martín Fierro de José Hernández: el asesinato de un Negro que Fierro comete en un baile. Recordemos brevemente el episodio:
Como nunca, en la ocasión
por peliar me dio la tranca
y la emprendí con un negro
que trujo una negra en ancas.
(...)
Por fin en una topada
En el cuchillo lo alcé
Y como un saco de huesos
Contra el cerco lo largué
Tiró unas cuantas patadas
Y ya cantó pal carnero.
Nunca me puedo olvidar
De la agonía de aquel negro.
Podemos señalar, en primer lugar, que este fragmento sufre, en el cuento de Borges, un doble proceso. Por un lado, pasa de la marginalidad que posee en el poema de Hernández a la centralidad, es decir, se constituye en el suceso principal del cuento borgeano. Por otro lado, y simultáneamente, se construye como una totalidad que, no obstante, funciona de forma autónoma con respecto al poema hernandiano. Pese a esto, podemos sostener que si bien El fin adquiere cierta autonomía, ambos textos parecen implicarse mutuamente de modo tal que resulta casi imposible leer uno abstrayéndose de la existencia del otro. En el poema de Hernández, en definitiva, este episodio no deja de tener una funcionalidad menor en la obra ya que la aparición repentina, la venganza y la búsqueda de justicia del Moreno payador (hermano del Negro asesinado por Fierro) se limita únicamente a un enfrentamiento de contrapunto. En efecto, terminada la payada la sed de venganza pareciera, en el poema de Hernández, quedar desplazada o congelada. Sin embargo, en las siguientes estrofas del poema se devela la “necesidad” de un próximo encuentro:
Y si otra ocasión payamos
Para que esto se complete,
Por mucho que lo respete
Cantaremos, si le gusta,
Sobre las muertes injustas
Que algunos hombres cometen.
Y aquí, pues, señores míos,
Diré, como en despedida,
Que todavía andan con vida
Los hermanos del dijunto,
Que recuerdan este asunto
Y aquella muerte no olvidan.
El Moreno “necesita” vengar la muerte de su hermano pero dicha necesidad es un deseo que la “payada” propuesta por Hernández no satisface. Este círculo incompleto, si se quiere, se posterga a lo largo de todo el poema hasta el punto de tornarse inexistente provocando que el “destino” de los hombres de Hernández quede a mitad de camino. Fierro y el Moreno no vuelven a encontrarse, excepto o hasta, el cuento de Borges.
A partir de la recopilación de ciertos elementos claves del poema de Hernández, Borges imagina ese encuentro postergado y le da existencia a partir de la escritura. El duelo se concreta pero ya no como lo hubiera resuelto el gaucho civilizado y apaciguado de la segunda parte del poema hernandiano sino como un verdadero gaucho matrero. Borges decide otorgarle a Fierro el coraje que se le ha quitado y para ello es necesario que se cumpla aquel encuentro. El fin le pondrá nuevamente a Fierro el cuchillo en la mano.
Como bien decíamos anteriormente, desde el comienzo del cuento se hacen presentes ciertas pistas que van trazando el mapa que nos conduce al poema de Hernández: el rasgueo de una guitarra, la llanura, una payada a contrapunto, un negro, una pulpería, la barbarie, el cuchillo. Desembocamos así en la aparición y el encuentro sorpresivo de un “jinete sin nombre” y un moreno payador. Hasta ese momento, ese jinete puede ser indudablemente cualquier jinete y en consecuencia, el moreno puede ser, no obstante, cualquier moreno. Sin embargo, es en el diálogo que esos dos sujetos establecen en donde la posibilidad de que aquellos hombres sean cualquier hombre, desaparece. Borges pone en juego en esa conversación un episodio pasado: la payada que esos dos sujetos han tenido en el poema de Hernández. En efecto, no es necesario saber sus nombres ya que el diálogo va develando su verdadera identidad hasta que, recién en el último párrafo del cuento se nos devele ese nombre que tanto veníamos esperando: “Fierro” pero esta vez, como personaje borgeano. Algo ha quedado inconcluso y es justamente por eso que Fierro vuelve a aquel lugar. Volver, quizá, para que todo de algún modo vuelva a empezar.
En este cuento de Borges, los hechos son narrados desde una tercera persona “cuasi” omnisciente. Por momentos, el narrador pareciera saber y conocerlo todo pero, sin embargo, hay pasajes en los que conocemos tan sólo una parte de los hechos. A estos vacíos se le suma el punto de vista difuso, inmóvil y fragmentario de un paralítico – Recabarren - quien desde la ventana de un cuarto de una pulpería registra los hechos y el duelo de estos dos hombres. Recabarren, además de estar inmóvil, no puede hablar remarcando aún más la imposibilidad de impedir la urgencia de ese enfrentamiento.
La repetición es, al mejor estilo nietzscheano, la esencia del tiempo: Fierro y el Moreno, envueltos en un tiempo cíclico, vuelven a aparecer en este texto de Jorge Luis Borges. Y es precisamente en la repetición donde se instala la diferencia. Borges lee y escribe los espacios en blanco de Hernández pero, mientras lee y escribe, construye, simultáneamente, otros.
Quizá, nuestra tarea como lectores sea intentar imaginar, llenar y escribir esos insterticios que va dejando la escritura. Tal vez, con la intención de crear otros y recordar aquella remota idea de que todos los relatos forman parte de un gran relato infinito.
Hernández, José; Canto VII; Martín Fierro; Ediciones El Remanso; Argentina; 1982; p. 56 y 60.
Hernández, José; Canto XXX; Op Cit; p. 209.
* Agustina Ibañez: Estudiante de las carreras de Profesorado y Licenciatura en Letras de la Universidad Nacional de Mar del Plata. Estudiante de las carreras de Profesorado y Licenciatura en Filosofía de la Universidad Nacional de Mar del Plata. Profesora de Prácticas del lenguaje en la Escuela Secundaria Básica Nº 20 de la ciudad de Mar del Plata.