En
los últimos años del siglo XIX, cuando la
crisis del Mundo Moderno empezaba a hacerse evidente en
las minorías sensibles a los cambios, Pierre Bonnard,
perteneciente a un grupo de artistas renovadores que se
dio a sí mismo el nombre de “Nabi”, comenzó
a realizar su rica obra pictórica. Dentro de esa
ebullición de las vanguardias, muchas de las cuales
pretendían hacer tabla rasa con todos los valores
del pasado, él inició entonces una actitud
que mantuvo constante a lo largo de toda su vida. Jean Bouret
la ha caracterizado acertadamente cuando dijo: “Consagró
su existencia a una sola pasión: crear por el color
un universo encantado donde se amaría vivir eternamente,
mirando el jardín por la ventana abierta, y siguiendo,
a través de la puerta entreabierta, la caricia de
una esponja sobre el cuerpo de una mujer que toma su baño
mientras canta”. En estas palabras resumió
los motivos variados e insistentes de los numerosos cuadros
que pintó a lo largo de sus cerca de sesenta años
de labor, a los que habría que agregar los paisajes
naturales, las calles y las plazas unidos a su vivir.
En todos ellos, Bonnard y sus compañeros aceptaron
de sus antecesores impresionistas la herencia de los colores
claros, luminosos, colocados con soltura sobre la superficie
de la tela. Pero, al intentar proseguir las búsquedas
de esta escuela, sintieron necesario ir más allá
de una fresca captación pasiva del maravilloso “aparecer”
del mundo ante los ojos asombrados que sólo quieren
recibirlo. Más allá de la sensación,
buscaron un símbolo oculto detrás de todo
signo. Por ello se los llamó simbolistas.
Pero mientras algunos miembros de esta nueva escuela lo
buscaron en lo no corriente, en lo maravilloso, Bonnard
acompañado de su amigo Vuillard- encontró
esa aura encantada en los objetos y en los acontecimientos
más habituales de su vivir: en la mesa servida para
la comida familiar, mientras por la ventana se cuela la
maravilla íntima del jardín o la visión
del mar en Le Cannet; en la cafetera que guarda las huellas
de las manos hacendosas o en el canasto con frutas sobre
el mantel de la mesa; en la lámpara encendida a cuya
luz se lee o se realizan las labores domésticas cotidianas;
en la cena en la cave con sus amigos; en las calles, plazas
y puentes de su París recorridos habitualmente. En
Bonnard, la fresca “realidad recibida” espontáneamente
en el instante por los impresionistas, se convierte en una
“realidad vivida”con hondura, en el encanto
no gastado de la realidad cotidiana.
No hay en sus motivos nada extraordinario; todo lo que se
aleja de su íntimo y corriente vivir no es objeto
de sus luminosos y coloridos cuadros. No tuvo necesidad
de ello, porque veía la maravilla en lo inmediato,
en medio de lo cual transcurren las horas que el hombre
suele desatender por habituales. Podría Bonnard haber
suscrito las reveladoras palabras de Borges que encontramos
en su temprano libro de poesías Luna de enfrente,
en el poema titulado “Casi Juicio Final”: “He
dicho asombro de vivir donde otros dicen solamente costumbre”.
Y no es nada frecuente vencer esa tendencia que tiende a
hacer de lo habitual lo gris y aún lo invisible.
Las obras de Bonnard y la de Vuillard son una invitación
a mantener y ahondar la riqueza inatendida de lo cotidiano.
Lo mismo que pedía Cortázar en el “Manual
de Instrucciones” de su libro Historia de cronopios
y famas”: “Cuando abra la puerta y me asome
a la escalera, sabré que abajo empieza la calle;
no el molde ya aceptado, no las casas ya sabidas, no el
hotel de enfrente: la calle, la viva floresta donde cada
instante puede arrojarse sobre mí como una magnolia,
donde las caras van a nacer cuando las mire, cuando avance
un poco más, cuando con los codos y las pestañas
y las uñas me rompa minuciosamente contra el pasta
de ladrillo de cristal [así llama a un mundo donde
el desgaste del hábito reemplaza la maravilla del
vivir], y juegue mi vida mientras avanzo paso a paso para
ir a comprar el diario de la esquina.”
En las primeras décadas del siglo XX se sucedieron
después las nuevas escuelas artísticas exploradoras
de la novedad y del futuro: el cubismo, el futurismo, el
surrealismo. Ante ello, Bonnard, que seguía fiel
a su actitud, expresó: “Nos hemos encontrado
de alguna manera suspendidos en el aire”. Pero en
medio del torbellino de los cambios vertiginosos y del atractivo
desarraigador de lo momentáneo, siempre habrá
algunos hombres y mujeres que hagan con ahondado amor lo
que hacen y sepan esperar, con sensación de milagro,
el florecer de las glicinas en cada primavera. Como dijo
Borges, quizá “esas personas, que se ignoran,
están salvando el mundo”.
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