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ICANEWS Octubre 2006, Año 2 # 13
En torno a Pierre Bonnard (1867-1947)
(Acerca del encanto de lo cotidiano)
por Gregorio F. Romero
En los últimos años del siglo XIX, cuando la crisis del Mundo Moderno empezaba a hacerse evidente en las minorías sensibles a los cambios, Pierre Bonnard, perteneciente a un grupo de artistas renovadores que se dio a sí mismo el nombre de “Nabi”, comenzó a realizar su rica obra pictórica. Dentro de esa ebullición de las vanguardias, muchas de las cuales pretendían hacer tabla rasa con todos los valores del pasado, él inició entonces una actitud que mantuvo constante a lo largo de toda su vida. Jean Bouret la ha caracterizado acertadamente cuando dijo: “Consagró su existencia a una sola pasión: crear por el color un universo encantado donde se amaría vivir eternamente, mirando el jardín por la ventana abierta, y siguiendo, a través de la puerta entreabierta, la caricia de una esponja sobre el cuerpo de una mujer que toma su baño mientras canta”. En estas palabras resumió los motivos variados e insistentes de los numerosos cuadros que pintó a lo largo de sus cerca de sesenta años de labor, a los que habría que agregar los paisajes naturales, las calles y las plazas unidos a su vivir.
En todos ellos, Bonnard y sus compañeros aceptaron de sus antecesores impresionistas la herencia de los colores claros, luminosos, colocados con soltura sobre la superficie de la tela. Pero, al intentar proseguir las búsquedas de esta escuela, sintieron necesario ir más allá de una fresca captación pasiva del maravilloso “aparecer” del mundo ante los ojos asombrados que sólo quieren recibirlo. Más allá de la sensación, buscaron un símbolo oculto detrás de todo signo. Por ello se los llamó simbolistas.
Pero mientras algunos miembros de esta nueva escuela lo buscaron en lo no corriente, en lo maravilloso, Bonnard acompañado de su amigo Vuillard- encontró esa aura encantada en los objetos y en los acontecimientos más habituales de su vivir: en la mesa servida para la comida familiar, mientras por la ventana se cuela la maravilla íntima del jardín o la visión del mar en Le Cannet; en la cafetera que guarda las huellas de las manos hacendosas o en el canasto con frutas sobre el mantel de la mesa; en la lámpara encendida a cuya luz se lee o se realizan las labores domésticas cotidianas; en la cena en la cave con sus amigos; en las calles, plazas y puentes de su París recorridos habitualmente. En Bonnard, la fresca “realidad recibida” espontáneamente en el instante por los impresionistas, se convierte en una “realidad vivida”con hondura, en el encanto no gastado de la realidad cotidiana.
No hay en sus motivos nada extraordinario; todo lo que se aleja de su íntimo y corriente vivir no es objeto de sus luminosos y coloridos cuadros. No tuvo necesidad de ello, porque veía la maravilla en lo inmediato, en medio de lo cual transcurren las horas que el hombre suele desatender por habituales. Podría Bonnard haber suscrito las reveladoras palabras de Borges que encontramos en su temprano libro de poesías Luna de enfrente, en el poema titulado “Casi Juicio Final”: “He dicho asombro de vivir donde otros dicen solamente costumbre”. Y no es nada frecuente vencer esa tendencia que tiende a hacer de lo habitual lo gris y aún lo invisible. Las obras de Bonnard y la de Vuillard son una invitación a mantener y ahondar la riqueza inatendida de lo cotidiano. Lo mismo que pedía Cortázar en el “Manual de Instrucciones” de su libro Historia de cronopios y famas”: “Cuando abra la puerta y me asome a la escalera, sabré que abajo empieza la calle; no el molde ya aceptado, no las casas ya sabidas, no el hotel de enfrente: la calle, la viva floresta donde cada instante puede arrojarse sobre mí como una magnolia, donde las caras van a nacer cuando las mire, cuando avance un poco más, cuando con los codos y las pestañas y las uñas me rompa minuciosamente contra el pasta de ladrillo de cristal [así llama a un mundo donde el desgaste del hábito reemplaza la maravilla del vivir], y juegue mi vida mientras avanzo paso a paso para ir a comprar el diario de la esquina.”
En las primeras décadas del siglo XX se sucedieron después las nuevas escuelas artísticas exploradoras de la novedad y del futuro: el cubismo, el futurismo, el surrealismo. Ante ello, Bonnard, que seguía fiel a su actitud, expresó: “Nos hemos encontrado de alguna manera suspendidos en el aire”. Pero en medio del torbellino de los cambios vertiginosos y del atractivo desarraigador de lo momentáneo, siempre habrá algunos hombres y mujeres que hagan con ahondado amor lo que hacen y sepan esperar, con sensación de milagro, el florecer de las glicinas en cada primavera. Como dijo Borges, quizá “esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo”.
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