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ICANEWS Junio / Julio 2007, Año 3 # 14
Pequeña reflexión sobre la contaminación visual
por Favio Rasilla
Consultor en Imagen de Empresas - favio@publicityargentina.com
Les propongo un ejercicio con la imaginación. Traten de visualizar una calle o una avenida de mucho tránsito de Mar del Plata. Bien. Ahora imagínenla sin ningún cartel publicitario. Sin ninguna pared medianera de edificio pintada con alguna publicidad.

Sin carteles enganchados en los postes del alumbrado público. Sin sombrillas con marcas en sus lonas en los cafés. Sin publicidad de ningún tipo, en definitiva.

¿Es un ejercicio difícil, no es cierto?. Y más difícil aún, suponiendo que alguno haya tenido éxito con la visualización, es creer que ese remanso sería posible.

Y está bien, no pretendo que la ciudad llegue al extremo del orden y limpieza visual, tanto, que nos falten señales que permitan ubicarnos (los carteles y leyendas publicitarias son, en definitiva, signos señales ,estos dos términos no son sinónimos).

Pero convengamos que la proliferación de señales, carteles y marquesinas molestan. Cuando no confunden. Es tal la cantidad de estímulos visuales (dejemos los sonoros para otro momento) que ya hace un tiempo muchos especialistas hablan de “contaminación visual”, “ruido en la mente”, y otras denominaciones por el estilo. Porque se ha comprobado que eso es una agresión a la vista, uno de los sentidos más indefensos. Porque si quiero bajar los decibeles de ruidos, me tapo los oídos. Si pretendo no sentir un olor desagradable, podría usar algún tipo de mascarilla. Y si quisiera no tocar una superficie que detecto sucia, basta con no hacerlo.

Pero no podemos no mirar!.

Porque a diferencia de otros mamíferos, para los que el olfato o el oído ocupan un lugar más elevado en la jerarquía informativa de los sentidos, el ser humano es primordialmente un animal visual. Se considera que el noventa por ciento de la información de un hombre procede de sus canales ópticos. A tal punto es fundamental la función de la vista que decimos “fui a ver tal ópera”, en lugar de utilizar el más pertinente, en este caso, verbo oir. (en “La mirada opulenta”, de Román Gubert).

Entonces, pregunto, por qué nos quejamos cuando se levanta el volumen del equipo de música hasta llegar a un grado insoportable, y no decimos nada cuando la cantidad de información visual llega al punto límite de generar real confusión.

Cuántas veces sucede que vamos en el auto tratando de encontrar un comercio que nos recomendaron y realmente nos cuesta mucho divisarlo entre ese mar de carteles y señales. Sin embargo, aquel que ha tenido oportunidad de viajar y visitar ciudades medianas (no hablo de metrópolis al estilo New York), sino, por el contrario, al estilo de Barcelona, descubre que el paisaje urbano tiene un orden y ciertas prioridades visuales que no encuentra en estos pagos. Cuántas veces he oído comentarios sobre la prolijidad de tal o cual ciudad, en donde un negocio de ropa, por ejemplo, tiene como máximo exponente en su arquigrafía publicitaria de la fachada, apenas un discreto toldo fijo con la marca comercial pintada sobre él , repetida en la vidriera y sobre un discreto cartel junto a la puerta del local. Y nada más. Nada de llamativos carteles luminosos (los archifamosos “backlight”) que cruzan todo el frente del comercio, y por si fuera poca la señalización, otro cartel que se coloca en el límite de la vereda y la calle, perpendicular a ésta, y que en muchas ciudades de nuestro país permiten que esos carteles tengan semejante tamaño que llegan hasta la mitad de la senda vehicular. Y agreguemos a esto que en la vereda de enfrente también se colocan esos carteles colgados de altas (y fuertes?) columnas y que obviamente también llegan hasta la mitad de la calle - hay que competir con las misma armas -. El resultado final es una serie de carteles luminosos cruzando el espacio aéreo de las calles que se tapan unos a otros.

La pregunta que sigue a todo esto, me imagino, podría ser: ¿Y entonces, cómo se soluciona todo ese caos que describo?. Con legislación, por supuesto. Existe, me dirá usted. Así es.

Existe la Ley Integral de Medio Ambiente Nº 11.723
Esta ley desarrolla los principios consagrados en la Constitución Provincial, incorporando el concepto de medio ambiente sano y desarrollo sustentable, en su doble faz de derecho y deber de todos los habitantes de la Provincia de Buenos Aires. Así, entre los derechos y deberes de los habitantes se menciona gozar de un medio ambiente sano y efectuar las acciones necesarias a tal fin. Como herramientas encaminadas a tal objetivo aparecen el derecho a la información vinculada con el manejo de los recursos naturales y la participación en todo los procesos vinculados con el medio ambiente y los recursos naturales.

Y en el Municipio de General Pueyrredón existe la la Ordenanza Nº 13.712 de la Municipalidad de General Pueyrredón, que prescribe que toda persona tiene derecho, de conformidad con el principio de publicidad de los actos de gobierno, a solicitar y recibir información completa, veraz, adecuada y oportuna de cualquier órgano dependiente del Honorable Concejo Deliberante o del Departamento Ejecutivo del Municipio.

Antes de finalizar esta pequeña reflexión, quiero aclarar que la problemática publicitaria en las grandes ciudades no es la única causante de la agresión o contaminación visual que sufrimos. También contribuyen a esto las nuevas edificaciones que distorsionan el paisaje natural, los basurales que también malogran el paisaje, el exceso de colores y objetos en espacios interiores, el tendido de cables, etc.

Y retomando la pregunta sobre cómo solucionamos esta problemática, la respuesta sería con educación primero, con la mejor legislación que se pueda después, y con los controles municipales por último.
¿Demasiado para Argentina? Alguna vez tenemos que empezar.
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