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Les propongo un ejercicio con la imaginación.
Traten de visualizar una calle o una avenida de mucho tránsito
de Mar del Plata. Bien. Ahora imagínenla sin ningún
cartel publicitario. Sin ninguna pared medianera de edificio
pintada con alguna publicidad.
Sin carteles enganchados en los postes del alumbrado público.
Sin sombrillas con marcas en sus lonas en los cafés.
Sin publicidad de ningún tipo, en definitiva.
¿Es un ejercicio difícil, no es cierto?. Y
más difícil aún, suponiendo que alguno
haya tenido éxito con la visualización, es
creer que ese remanso sería posible.
Y está bien, no pretendo que la ciudad llegue al
extremo del orden y limpieza visual, tanto, que nos falten
señales que permitan ubicarnos (los carteles y leyendas
publicitarias son, en definitiva, signos señales
,estos dos términos no son sinónimos).
Pero convengamos que la proliferación de señales,
carteles y marquesinas molestan. Cuando no confunden. Es
tal la cantidad de estímulos visuales (dejemos los
sonoros para otro momento) que ya hace un tiempo muchos
especialistas hablan de “contaminación visual”,
“ruido en la mente”, y otras denominaciones
por el estilo. Porque se ha comprobado que eso es una agresión
a la vista, uno de los sentidos más indefensos. Porque
si quiero bajar los decibeles de ruidos, me tapo los oídos.
Si pretendo no sentir un olor desagradable, podría
usar algún tipo de mascarilla. Y si quisiera no tocar
una superficie que detecto sucia, basta con no hacerlo.
Pero no podemos no mirar!.
Porque a diferencia de otros mamíferos, para
los que el olfato o el oído ocupan un lugar más
elevado en la jerarquía informativa de los sentidos,
el ser humano es primordialmente un animal visual. Se considera
que el noventa por ciento de la información de un
hombre procede de sus canales ópticos. A tal punto
es fundamental la función de la vista que decimos
“fui a ver tal ópera”, en lugar de utilizar
el más pertinente, en este caso, verbo oir. (en “La
mirada opulenta”, de Román Gubert).
Entonces, pregunto, por qué nos quejamos cuando se
levanta el volumen del equipo de música hasta llegar
a un grado insoportable, y no decimos nada cuando la cantidad
de información visual llega al punto límite
de generar real confusión.
Cuántas veces sucede que vamos en el auto tratando
de encontrar un comercio que nos recomendaron y realmente
nos cuesta mucho divisarlo entre ese mar de carteles y señales.
Sin embargo, aquel que ha tenido oportunidad de viajar y
visitar ciudades medianas (no hablo de metrópolis
al estilo New York), sino, por el contrario, al estilo de
Barcelona, descubre que el paisaje urbano tiene un orden
y ciertas prioridades visuales que no encuentra en estos
pagos. Cuántas veces he oído comentarios sobre
la prolijidad de tal o cual ciudad, en donde un negocio
de ropa, por ejemplo, tiene como máximo exponente
en su arquigrafía publicitaria de la fachada, apenas
un discreto toldo fijo con la marca comercial pintada sobre
él , repetida en la vidriera y sobre un discreto
cartel junto a la puerta del local. Y nada más. Nada
de llamativos carteles luminosos (los archifamosos “backlight”)
que cruzan todo el frente del comercio, y por si fuera poca
la señalización, otro cartel que se coloca
en el límite de la vereda y la calle, perpendicular
a ésta, y que en muchas ciudades de nuestro país
permiten que esos carteles tengan semejante tamaño
que llegan hasta la mitad de la senda vehicular. Y agreguemos
a esto que en la vereda de enfrente también se colocan
esos carteles colgados de altas (y fuertes?) columnas y
que obviamente también llegan hasta la mitad de la
calle - hay que competir con las misma armas -. El resultado
final es una serie de carteles luminosos cruzando el espacio
aéreo de las calles que se tapan unos a otros.
La pregunta que sigue a todo esto, me imagino, podría
ser: ¿Y entonces, cómo se soluciona todo ese
caos que describo?. Con legislación, por supuesto.
Existe, me dirá usted. Así es.
Existe la Ley Integral de Medio Ambiente Nº 11.723
Esta ley desarrolla los principios consagrados en la Constitución
Provincial, incorporando el concepto de medio ambiente sano
y desarrollo sustentable, en su doble faz de derecho y deber
de todos los habitantes de la Provincia de Buenos Aires.
Así, entre los derechos y deberes de los habitantes
se menciona gozar de un medio ambiente sano y efectuar las
acciones necesarias a tal fin. Como herramientas encaminadas
a tal objetivo aparecen el derecho a la información
vinculada con el manejo de los recursos naturales y la participación
en todo los procesos vinculados con el medio ambiente y
los recursos naturales.
Y en el Municipio de General Pueyrredón existe la
la Ordenanza Nº 13.712 de la Municipalidad de General Pueyrredón,
que prescribe que toda persona tiene derecho, de conformidad
con el principio de publicidad de los actos de gobierno,
a solicitar y recibir información completa, veraz,
adecuada y oportuna de cualquier órgano dependiente
del Honorable Concejo Deliberante o del Departamento Ejecutivo
del Municipio.
Antes de finalizar esta pequeña reflexión,
quiero aclarar que la problemática publicitaria en
las grandes ciudades no es la única causante de la
agresión o contaminación visual que sufrimos.
También contribuyen a esto las nuevas edificaciones
que distorsionan el paisaje natural, los basurales que también
malogran el paisaje, el exceso de colores y objetos en espacios
interiores, el tendido de cables, etc.
Y retomando la pregunta sobre cómo solucionamos esta
problemática, la respuesta sería con educación
primero, con la mejor legislación que se pueda después,
y con los controles municipales por último.
¿Demasiado para Argentina? Alguna vez tenemos que
empezar.
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