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ICANEWS Septiembre 2005, Año 2 # 9

Permanecer Humano en el Reino de la Tecnología
The Editor -

Muchos de nosotros fantaseábamos cuando éramos chiquitos con que la llegada del año 2000 iba a provocar toda una revolución tecnológica. Pensábamos que íbamos a vivir como los personajes del conocido dibujo animado Los Supersónicos; que íbamos a entrar en la era de los robots; que se habría inventado una máquina para cada una de nuestras necesidades. Cuando llegó el 2000 nos miramos unos a otros y con cierto alivio nos dijimos: “Viste que no pasó nada, está todo igual.”

Sin embargo, estamos en el siglo XXI y somos testigos de innumerables avances tecnológicos como el de los controvertidos alimentos transgénicos, la conocida polémica sobre la modificación de genes humanos; las intervenciones intrauterinas; las compras virtuales; el preciado delivery y la comunicación rápida: teléfonos celulares que sacan fotos y filman, cámaras para la PC, banda ancha, MSN con íconos para expresar sentimientos; para mencionar algunos. Nadie puede negar que la tecnología nos facilita la vida, nos hace ahorrar tiempo, pero… ¿estaremos perdiendo algo en el camino?, ¿no tenemos miedo de perder lo que es esencialmente humano?, ¿en que perdemos el tiempo que ganamos?, ¿o ya no podemos perder tiempo?

Gracias a la tecnología muchos ganan tiempo, a otros les sobra porque fueron desplazados de sus lugares de trabajo. Las nuevas demandas tecnológicas hicieron que prescindieran de ellos. La tecnología obliga a formarse y actualizarse permanentemente para poder insertarse en las nuevas formas de trabajo. La formación de los jóvenes es hoy muy importante, pero pocos tienen acceso a seguir el ritmo de los nuevos roles. El que herraba caballos hoy vende cubiertas y el que no pudo adaptarse a los cambios se quedó afuera. El artesano pierde terreno, y son pocos los que pueden elegir cómo quieren vivir y cómo quieren aprovechar su tiempo.
“Time is money”, dicen los empresarios importantes. ¿Cuál sería entonces la manera más sabia de invertir nuestro tiempo? Recuerdo una vez que estaba pasando el día en una casa de fin de semana en Sierra de Los padres. El dueño de casa, un señor muy adinerado que sin duda sabía hacer buenas inversiones, le había regalado un pony a sus hijas. Le pregunté si a las nenas les gustaba cabalgar en pony. El abuelo contestó con cierto pesar: “No les atrae mucho la idea. Lo que pasa es que cuando uno hace un regalo también tiene que regalar el tiempo para compartirlo. El padre nunca se hace un ratito para que las nenas le agarren el gusto.”

Recuerdo cómo me gustaba ir al supermercado cuando mi hija era chiquita. Ella quería ayudar. Le gustaba poner la fruta en las bolsitas y me preguntaba: ¿Cuántas pongo?, ¿10?, porque solo sabia contar hasta 10. Y era toda una experiencia para ella. Contar en un contexto real con un propósito específico, una experiencia que nunca se va a olvidar. Y con esas manitos muy chiquitinas iba poniendo muy concentradamente y despacito, una por una, todas las manzanas hasta llegar a 10. Sí. Perdíamos más tiempo del que lleva hacer un pedido al supermercado por e-mail, pero invertimos en un recuerdo hermoso de infancia, en un momento mágico entre madre e hija.

Hoy todo tiene que ser rápido. Tenés un problema: mandá un mail. El correo electrónico ha reemplazado a varias formas de comunicación y sin duda nos ayuda a ser más eficientes en el trabajo y a ahorrar en comunicaciones telefónicas. Ahorramos tiempo y dinero. No hay que gastar en papel, sobres, ni estampillas, pero también nos perdemos la emoción de recibir al cartero. Hoy cuando viene el cartero sólo trae cuentas para pagar. Ya no esperamos esa carta con la caligrafía perfecta de un tío querido o con la letra despatarrada de algún nieto o de algún sobrino.

El e-mail acerca a los que están lejos y aleja a los que están cerca. Es más fácil mandar un e-mail o un mensaje de texto que buscar el contacto real, tan rico en elementos paralinguísticos. El e-mail nos sirve de escudo cuando no podemos enfrentar a una persona, cuando nos cuesta decir las cosas personalmente y nos hace perder un poco las estrategias sociales y la capacidad de comunicarse. Todo hay que decirlo rápido, corriendo el riesgo, por momentos, de ser malentendido. El leguaje digital se traslada a la escuela. A los chicos les cuesta escribir cada vez más. Tienen dificultades para desarrollar una idea. Están acostumbrados a comunicarse rápida y escuetamente. A encontrar todo hecho en Internet. ¿Ya no hace falta aprender a escribir sin la ayuda de un procesador de textos? ¿Ya no hace falta contarles cuentos a los chicos para que desarrollen el vocabulario y la imaginación? ¿Estaríamos perdiendo nuestro tiempo, o perdiendo oportunidades de contacto humano?

No tenemos que tener miedo a “perder”, si hacemos el ejercicio de analizar lo que “no queremos perder”. Hay cosas que no deberían cambiar ni desaparecer. No se puede reemplazar lo que es esencialmente humano, lo que vivimos a través de nuestros sentidos. Que los chicos sigan sintiendo el olor a esa torta tan rica que mamá está haciendo cuando llegan de la escuela. Que sigamos viendo a un amigo cuando está triste para poder darle esa palmadita tierna en la espalda y que sepa que estamos cerca. Que nos olvidemos de los celulares por un rato y escuchemos más a los que tenemos al lado. Que podamos ver la cara de alegría de esa persona que tanto queremos y que la abracemos fuerte para que sienta que estamos compartiendo su logro. Todo esto requiere tiempo. Dicen que el tiempo es dinero, pero también es compañía y dedicación… y las inversiones no sólo se miden en moneda corriente.


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