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ICANEWS Noviembre / Diciembre 2008, Año 5 # 18

ABUELITA LUISA

Un cuento de Laura Ballester
lauraballester2002@hotmail.com

                Cuando yo era muy chiquita iba a su casa de San Martín. Qué lástima que el olvido hizo su trabajo y no puedo ahora recorrerla sin tener la sensación de que estoy inventando.

                Por suerte (o por desgracia) de algunas cosas no me olvidé; por ejemplo en el hall de entrada el techo era muy alto y había una lámpara que colgaba de él con una cadena o tal vez un caño largo. Del agujero del techo desde donde colgaba esta lámpara había algo que ahora puedo reconocer como un trapo o una estopa, pero que en mi infancia era, a veces un sapo y otras un pequeño monstruo, dependiendo de ello cuánta penumbra u oscuridad hubiera en la sala.

                Mi abuela me convidaba licorcitos y abría su lata colorada –que alguna vez había tenido caramelos Tofi- y dibujaba sonrisas con obleas. Recuerdo esto en su gran cocina, una noche de lluvia.

                Cuando dejó su casa grande, por un tiempo vivió en un departamento alquilado en Belgrano. Yo estaba en cuarto grado y nada me gustaba más que ir con mi abuela a su casa. Ella venía a visitarnos todos los días y, a veces, a la tardecita nos íbamos juntas. Caminábamos las ocho cuadras que separaban un departamento del otro y cuando pasábamos por la estación Belgrano R comprábamos La Razón. Entonces, mientras ella preparaba la cena, yo hacía el juego de los siete errores. La rutina se repetía, pero siempre tenía sabor a novedad.

                Nunca voy a tomar una sopa de verduras más rica que la que hacía mi abuela y lamento que se haya olvidado de dejarnos la receta del helado caliente y de los tip-top.

                Un día dejó su departamento y entonces vivía, alternadamente, en Mar del Plata, en la casa de mis tíos  -Beatriz y Pedro- y en nuestra casa.

                Recuerdo sus redecillas para el pelo, sólo visibles por las perlitas que parecían flotar sobre su cabeza.

                Me acuerdo del matizador Fancifull que a veces le pintaba el pelo de azul, otras violeta y otras gris.

                Imposible no recordar ese batón espantoso que no se cómo pudo comprarse una vez y menos me explico por qué lo usaba. Era de línea bien cuadrada, con dos bolsillones al frente y cierre relámpago al medio, rayas irregulares gruesas negras y amarillas. Una tarde que caminaba por el barrio, desde un auto un imbécil le gritó: -¡vieja, ¿por qué te vestís de taxi si te tenés que vestir de camión?!. El muy idiota jamás se imaginó que su crueldad, lejos de hacer daño, iba a ser el motivo de tantas carcajadas, durante tanto tiempo. La primera en reírse del episodio era, por supuesto, María Luisa.

                La verdad es que no era nada coqueta, creo que se arreglaba para no escuchar a sus hijas, que siempre encontraban un motivo para rezongarla.

                Me encantaba preguntarle cómo le había ido cuando volvía del cementerio a donde iba regularmente para dejarle flores a mi abuelo Juan (su marido) y a otros parientes. Muy seria me contestaba: -lo mismo de siempre, le llevé flores y tu abuelo ¡ni una palabra!-

                ¡Qué bien bordaba!, siempre tenía un bastidor y alguna “labor” a mano. Se iba a dormir con la radio prendida bajito, debajo de la almohada.
                No encontré a nadie que cebara mate como lo hacía ella. Mientras se calentaba el agua, cortaba trocitos de pan que se comían de un solo bocado y, con la punta del cuchillo, les ponía una miserable pizca de manteca. Tenía la paciencia de seguirte por toda la casa con el mate en una mano y el pedacito de pan en la otra.

                El departamento en el que vivíamos con mi mamá y mis hermanas era muy chico. Cuando abuela venía a quedarse, por dos o tres meses, compartía el dormitorio conmigo. Le gustaba leer novelitas de Corín Tellado y, en la época en que todas estudiábamos, ella se ubicaba en algún rincón de la casa a leer y si le hablabas te decía que no la interrumpieras que le faltaba poco para terminar una bolilla, como si estuviera estudiando para rendir un examen.

                No era nada cariñosa, pero ninguna falta hacía.

                No te quiero cariñosa, te quiero tal como sos. Ese humor negro que tenías y que me permitió festejar lo que dijo tu hijo, Luis, el día que te pusieron en una cámara fría, antes de cremarte. El dijo que te escuchó susurrar: -¡Ah,  ahora no me caliento más!-. Yo sé que vos también lo festejaste.

                La otra noche soñé con vos y sentí que habías venido a visitarme. Sabés que dudo mucho sobre la vida en algún lugar después de la muerte. Si estás en algún lado, vení más seguido, porque no recuerdo bien qué hicimos esa noche, pero al día siguiente estaba muy contenta.

                En todo caso, de lo que no tengo dudas, es de que estás en mí y eso es hermoso.
               
                ¡TE QUIERO MUCHO!

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