Hechizos
de tinta
pueblan mis blancos insomnes.
Es un instante único
que no admite correcciones.
Es un soplo mágico,
vacío de revisiones.
Cuando escribo
el alma toda se me desgarra
y queda al desnudo mi fibra profunda
y es ahí o nunca
cuando la magia se dispara.
Exponerlo más, dilatar su exposición
es como dejar que un damasco fresco se seque al sol.
Yo prefiero la humedad de aquello que late,
que se asoma, se muestra, seduce y se esconde,
bañándome de ecos mientras dura su presencia.
Rayos vírgenes que lo iluminan todo,
que han de enceguecerme si no los oculto a tiempo,
capaces de morir si se dilata el intento,
que pueden secarse de forzar el momento,
y que pueden embriagarme
si me toman de imprevisto
al dejarme llevar por el impulso
del disparo revelador,
portador de otra dimensión,
epifanía de lo oculto.
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