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ICANEWS Noviembre / Diciembre 2009, Año 6 # 19

MI TÍO PEDRO

Un cuento de Laura Ballester
lauraballester2002@hotmail.com

Para ese entonces yo ya había cumplido diez años y era la menor del grupo de expedicionarios a la playa. Me seguían mis hermanas Verónica, María Inés y Nora de 14, 15 y 16 y mis primas Daniela y Adriana de 14 y 18. También estaba la perra de mis primas, Candy una boxer que cuando jugaba era como una cachorrita y cuando se quedaba quieta parecía mas vieja. Por supuesto, el Capitán del equipo era MI TÍO PEDRO.
Aquel día, hasta el sol se entusiasmó con el proyecto y nos acompañó desde temprano. Llegamos a la playa y sobre el acantilado nos pusimos a armar la carpa. Había que tener mucho cuidado porque si clavábamos mal los palitos de noche el viento nos podía llevar a cualquier parte. Por suerte la carpa tenía techo, como los de las casas de tejas, pero de tela. También era importante hacer una zanjita para que, si teníamos la mala suerte de que lloviera, no termináramos flotando en nuestras bolsas de dormir. Yo todo eso no lo sabía pero mi tío me lo iba explicando mientras hacíamos el trabajo.
El programa de dormir toda una noche en una carpa, a metros del mar, me encantaba. Mi tío tenía la virtud, entre otras, de convencerme de que todas las sensaciones que me atravesaban eran producto de la realidad y no de mi imaginación. Entonces, yo era toda una expedicionaria y por eso me sentía valiente y contenta.
Era tan estimulante su reconocimiento que despertaba mi espíritu de “girl scout” . Yo quería participar, colaborar, estar atenta, me sobraba energía para todo.
A la hora de haber llegado ya estaba armada la carpa y comenzaron los preparativos para el almuerzo. Recuerdo que Petter buscó el mejor lugar para colocar la cocinita de dos hornallas que habíamos llevado. Parecía una cocina de juguete pero era de verdad, con fuego y todo. Mi tarea fue la decoración: salí decidida a buscar por los alrededores elementos que me permitieran transformar ese espacio en la mejor cocina de todas las playas del mundo. Los ángeles, que me acompañaban a todos lados, habían sembrado el terreno de margaritas amarillas. Corté varias de tamaño similar y con ellas escribí la palabra COCINA sobre la pared de arena. No habría cartel de neón más luminoso que el mío y así me lo hizo sentir mi tío, que sacó varias fotos a mi ingeniosa y creativa obra de arte. Yo sentía que ese pedacito de playa se parecía mucho a un hogar y eso era muy importante porque esa iba a ser nuestra casa por dos días, con la noche también.
Mi mamá me había comprado una malla que me encantaba. Era blanca, con guías de florcitas verticales rojas y un moñito rojo en el ombligo. Tenía permiso para estar todo el día al sol sin ponerme protector, porque era negrita y además la capa de ozono no tenía ningún agujero. A mí me pasó que después de ese fin de semana el cuerpo me quedó quemado a franjas, porque el sol se había filtrado por las rayas blancas de mi malla. ¡Qué risa, parecía una cebra!.
La carpa, o sea el dormitorio, y la cocina estaban sobre el acantilado a la misma altura de la ruta, dos o tres metros por encima del nivel del mar. A la playa se bajaba por la pendiente del acantilado donde las raíces de una planta que se llamaba garra de tigre (serían garras de tigre viejo porque eran muy blanditas y si las apretabas estaban llenas de jugo) habían formado como escaleras naturales.
Como dije, se podía bajar a la playa por la escalera, pero yo quería probar si era capaz de tirarme de un salto. Esa sería una gran prueba de coraje para agradar a mi tío y una anécdota muy importante y peligrosa para contar cuando volviera y que seguro iba a ser recordada cuando fuera muy grande. Por suerte tenía todo un fin de semana para animarme y debo confesar que me asomé al precipicio varias veces y retrocedí hasta que una vez, junté mucho valor y pegué el salto.
¡Ay! Era altísimo. Sentí que los huesos de los talones se incrustaban en las rodillas y los de las rodillas en las caderas. ¡Menos mal que no me pasó nada porque, después del susto, me sentí muy feliz: nadie se había tirado desde tan alto, yo sí porque era una auténtica aventurera.
Debía salir a mi tío que cuando era chico era un intrépido. De tan intrépido había tenido un accidente que le había dejado la pierna derechita como una regla. Yo ya lo conocí así, con su pata dura. Él igual hacía de todo, hasta manejaba el Citroën y nos llevaba a pasear a todas partes. Me acuerdo que ese día, cuando habíamos terminado los trabajos de instalación, nos fuimos con mi tío a recorrer la playa, y él se metía en partes peligrosas, entre las rocas, donde el mar pegaba fuerte y todo con su pata dura, que parecía de palo pero no era. Yo lo seguía sin nada de miedo porque sabía que si me pasaba cualquier cosa, él me salvaba.
Ya la había salvado a mi hermana Verónica, porque fue así: se fueron al mar con Daniela y parece que ella se cayó en un pozo y Pedro la agarró de los pelos y la sacó antes de que se ahogara. Mi mamá después contaba que el mar la había chupado a mi hermana, pero para mí no entendió porque no había ido al campamento, porque el mar siempre te chupa y te deja toda mojada. Para mí quiso decir que el mar la había aspirado. Y eso que estábamos en una playa virgen y las vírgenes son buenas.
Después de almorzar hicimos el juego de Don Nicola con mis hermanas y mis primas. Se juega así: nos parábamos una al lado de la otra, brazo con brazo, mirando para el mismo lado y preguntábamos: ¿cómo hace Don Nicola? cosí- y con esta respuesta se indicaba alguna posición que todas debíamos imitar, por ejemplo tocarse la punta de la nariz. Así, sin abandonar la posición, se seguía preguntando y respondiendo hasta que todas quedábamos apoyadas en un solo pie y nos caíamos una encima de la otra como las piezas del dominó. Claro, lo podíamos jugar porque todas sabíamos que Fase Cosí, en italiano, significa “hace así”.
La verdad, el día estaba hermoso pero yo, a la tardecita, un poco de miedo tenía porque tal vez me pasaba lo de siempre que cuando llegaba la hora de dormir extrañaba a mi mamá. Por suerte, esa vez no me pasó, quizás porque dormimos todos como canelones pegaditos en la fuente. Pobre, la perra tuvo que dormir afuera, porque la carpa era grande, pero no para tanto. Además, alguien tenía que cuidar nuestra cocina que había quedado armada.
Igual, teníamos que dormir un poco apurados porque era muy importante ver el amanecer en la playa. Y por suerte lo hicimos. Cuando el cielo se tiñó de naranja y el sol parecía una canica jugando sola sobre el horizonte, ya estábamos despiertos, envueltos en mantas, con nuestras caras apuntando al mar en la misma dirección. Mi tío Pedro había preparado el mate y prendido la radio. En esa época, algunos días no te dejaban comprar carne porque había veda y en la radio un señor cantaba: “esto de la veda, veda, no es mentida, nadie duda, que me estoy voviendo vede de tanto comed veduda. Adiós vedudedo”. La canción era graciosa y nos la aprendimos de memoria enseguida. Me parece que ese señor que cantaba era un soldado, que se llamaba Chamamé. Pobre, ¡un soldado y no sabía hablar!.
Ese día ya fue más normal porque vinieron mi mamá, mi tía Beatriz y Jorge el novio de Adriana que la fue a visitar y de paso aprovechaba para pescar. Ya era como cualquier día de playa porque no nos íbamos a quedar a dormir. Mi tío les mostró a todos la decoración que yo había hecho en la cocina. ¡Qué suerte que con unas flores lo hice tan feliz!. Me parecía que él estaba orgulloso de mí y que si organizaba otra expedición me iba a llevar.
No sé si dije que era muy divertido mi tío y le gustaban las cosas que le gustan a los chicos, como hacer campamentos o ir al zoológico. Otro día voy a contar la vez que fui al zoológico con Pedro y él me dijo que le diera de comer a la jirafa y ella, que parecía tan buenita, me envolvió la mano con su lenguota gris y casi me la saca. Por suerte estaba mi tío y no me la sacó, encima era la derecha.
Uh!...de mi tío tengo tanto para contar.

De esa experiencia en Santa Clara conservo más que nada sensaciones y evocándolo desde mis casi 43 años descubro una gran admiración por mi tío Pedro y mucho orgullo de ser su sobrina.
Él es el único hombre (probablemente del planeta) capaz de emprender el corajudo proyecto de llevarnos a acampar un fin de semana a la playa. ¡Qué santo!, hoy me doy cuenta de que lo que para mí era muy normal, porque nos tenía acostumbradas a disfrutar muchos momentos, fue una proeza de su parte. ¿Dónde habrá un hombre de 50 años dispuesto a llevarse él solito de campamento a sus dos hijas, sus cuatro sobrinas y su perra durante un fin de semana? No me atrevo a formular la pregunta en voz muy alta, porque ahora Pedro tiene 81 y si me oye, seguro que empieza a planificar otra escapadita para el próximo verano.

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