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| Las secuelas del infierno |
| por Adolfo García |
ilena
salió de la tienda cargando cinco bolsas plásticas
repletas de mercadería: leche, manteca, queso, galletitas…
lo de siempre. Eran alrededor de las diez de la mañana,
y el indiferente frío de otoño se hacía
látigo al rendirse ante el viento. Una densa neblina
creaba la ilusión de que el mundo se terminaba a cinco
metros. La gente parecía emerger de una vacuidad difusa.
En dos ocasiones chocó Milena con súbitos transeúntes
para quienes ella también debió haber parecido
un espectro repentino.
Su cuerpo estaba cubierto por una enorme campera gris; sus
manos, por pequeños guantes negros. Aunque no había
ni una gota de sol, lucía gafas oscuras. Un gorro de
lana completaba su melancólico atuendo. A pesar de
estar tan abrigada como su escaso vestidor se lo permitía,
el frío la doblegaba. Tiritando, observó cómo
sus piernas se esforzaban por avanzar. Sus brazos parecían
ahora colgar muertos, y respirar se le hacía difícil.
Cautivo por la tristeza, su rostro inmutable enmascaraba decepción,
dolor.
Su mente estuvo inerte hasta que un par de mocasines en una
vidriera le hicieron imaginar qué bien se le verían
a su esposo. Impecables, de cuero marrón y con hebilla,
eran exactamente como a él le gustaban. Ya hacía
más de dos semanas que Vincenzo había retornado
a su hogar, y Milena todavía no le había regalado
nada. Se dijo a sí misma que regresaría al negocio
al día siguiente y se los compraría. Al llegar
a la esquina, la detuvo la luz roja del semáforo. Milena
volteó hacia su izquierda y observó que un joven
y su novia se protegían del clima envueltos en un fuerte
abrazo; los miró con una ternura que lentamente su
memoria se encargó de convertir en nostalgia. La luz
roja dio paso a la verde y cruzó la calle. Notó
que absolutamente todos los negocios tenían en sus
ventanas banderas y guirnaldas con los colores patrios. Al
pasar por un almacén vio cómo su dueño,
quien lucía orgulloso una escarapela verde, blanca
y roja, le mostraba un fusil a un grupo de niños. Le
resultó patético ver a la gente común
y corriente regocijándose en el triunfo de "sus"
soldados. De repente todos se habían hecho nacionalistas,
y parecían desvivirse por demostrar qué tanto
amaban a su país. "Cuelgan una banderita y se
sienten héroes", reflexionó Milena desencantada.
¿Qué tanta sangre debe derramarse para que el
hombre comprenda que no hay nada que festejar al final de
una guerra? Muchos intentan justificar la atrocidad bélica
en función de la causa por la que la misma vela. Se
me ocurren pocas cosas más pedantes que avalar lo inhumano
de un medio con lo justo de un motivo. Una de esas pocas cosas
es el intento propagandístico de disfrazar razones
económicas o territoriales con un manto de grandeza
soberana. ¿Acaso los países valen más
que la vida? La nacionalidad, las insignias y el
arraigo son azarosos, pero las almas son predestinadas. Que
una persona se sienta más italiana, francesa, rusa
o nazi que otra es una cuestión accidental, pero la
esencia sagrada de la humanidad trasciende esas meras casualidades
territoriales. O, al menos, debería trascenderlas.
Milena siguió su camino soportando el creciente hostigamiento
del clima. Al llegar a la puerta de su modesta casa, dejó
caer las bolsas y sacó de su bolsillo un juego de llaves.
Sus manos se sentían torpes en los guantes, pero de
todas formas se las arregló para abrir la puerta sin
sacárselos. Dentro de su casa, el frío era un
poco menos intenso; apenas un poco. Se sacó los guantes
y la campera, pero dejó sus gafas oscuras puestas.
Fue a la cocina y puso a calentar agua para hacerse un té.
La casa era por demás humilde: un comedor modesto,
un único dormitorio, un pequeño baño;
las paredes, húmedas; los muebles, desvencijados. En
una vitrina que brillaba inmaculada, una decena de fotos perpetuaba
a Vincenzo joven y vigoroso; en todos y cada uno de los retratos,
Vincenzo lucía su uniforme camuflado. La ventana principal
de la casa ofrecía una panorámica imponente
del Tíber. Durante más de tres largos meses
Milena intentó sosegar los demonios de su angustia,
incertidumbre y soledad contemplando la inmensidad del río
desde allí. En una de tantas noches eternas en las
que sólo las turbias aguas tiberinas le acompañaban,
Milena abominó la fina y contradictoria línea
que separa las nociones de país y nación: nada
más loable que arriesgar la propia vida por la defensa
del hermano, del prójimo, del hijo de nuestra misma
tierra, pero nada más indecoroso que ofrendar la ajena
en defensa de un puñado de reprensibles instituciones.
¿Acaso el territorio vale más que la
persona?
Milena, sosteniendo su taza de té humeante, entró
sigilosamente al dormitorio si Vincenzo estaba dormido, no
quería despertarlo pero se encontró con una
habitación vacía . Sobre la cama yacía
el uniforme de Vincenzo, doblado con meticulosa prolijidad.
En la cómoda, una botella casi vacía de whisky
hacía las veces de pisapapeles, y bajo la misma Milena
encontró un sobre. Sin sacarse sus gafas oscuras, procedió
a leer la carta que en su interior halló:
Después de la explosión, el cuerpo inmóvil
de Paolo cayó a mi lado. La imagen de su rostro acribillado
todavía me persigue. Noche tras noche tengo pesadillas
que recrean el fatídico ataque enemigo en el que Paolo
murió y, aunque no lo creas, también las tengo
de día. Ver morir a tu mejor amigo así... no
es algo para lo que el ejército te prepare. Pero lo
peor es cómo me marcó esa locura de sangre y
balas, de cadáveres y fuego: me convertí en
alguien que desconozco, en alguien que odio. No soporto convivir
con mi actual yo. Y me destruye saber que ese desconocido
que ahora habita en mí puede lastimarte tanto. La guerra
me transformó en alguien que no te merece, y tú
no tienes por qué ser víctima de las secuelas
de mi infierno. Lo que pasó anoche es algo que jamás
lograré perdonarme, aun cuando tú sí
lo hagas. No intento justificarme, tan sólo desahogarme:
es lo único que le queda a mi alma desbordada. Paolo
se fue, y mi razón se fue con él. La muerte
y las llamas arrasaron con mi cordura y lo único digno
que me queda por hacer es irme. Porque te amo debo cuidarte
de mí; si alguna vez logro reencontrarme conmigo mismo,
volveré y te pediré perdón.
Una paradoja que encoleriza: se termina la guerra, pero la
paz desaparece de la vida del soldado; cesan las muertes a
su alrededor, pero su alma se torna agonizante. Las secuelas
del infierno lo signan para siempre y reaparecen sin piedad.
Soportar las marcas que la batalla dejó en su mente
es espantosamente arduo; soportar el dolor que esas marcas
le hacen causar en los que ama es imposible. Es ese dolor
el que se muestra intolerable. Por supuesto, ninguna medalla,
ninguna condecoración, libra al soldado del martirio
de saberse verdugo propio y de los que ama: la guerra torna
sus propias mentes en su peor enemigo.
¿Acaso la patria vale más que la paz?
Milena dejó caer la carta y se sentó en el suelo.
Llorando desconsolada se quitó las gafas y reveló
un ojo morado.
Este cuento
pertenece al libro "Nueve Creaciones", de Adolfo
García. Para comunicarse con el autor o conseguir un
ejemplar, escribir a infiniteplayer@hotmail.com
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