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ICANEWS Agosto 2004, Año 1 # 4
Las secuelas del infierno
por Adolfo García
ilena salió de la tienda cargando cinco bolsas plásticas repletas de mercadería: leche, manteca, queso, galletitas… lo de siempre. Eran alrededor de las diez de la mañana, y el indiferente frío de otoño se hacía látigo al rendirse ante el viento. Una densa neblina creaba la ilusión de que el mundo se terminaba a cinco metros. La gente parecía emerger de una vacuidad difusa. En dos ocasiones chocó Milena con súbitos transeúntes para quienes ella también debió haber parecido un espectro repentino.
Su cuerpo estaba cubierto por una enorme campera gris; sus manos, por pequeños guantes negros. Aunque no había ni una gota de sol, lucía gafas oscuras. Un gorro de lana completaba su melancólico atuendo. A pesar de estar tan abrigada como su escaso vestidor se lo permitía, el frío la doblegaba. Tiritando, observó cómo sus piernas se esforzaban por avanzar. Sus brazos parecían ahora colgar muertos, y respirar se le hacía difícil. Cautivo por la tristeza, su rostro inmutable enmascaraba decepción, dolor.
Su mente estuvo inerte hasta que un par de mocasines en una vidriera le hicieron imaginar qué bien se le verían a su esposo. Impecables, de cuero marrón y con hebilla, eran exactamente como a él le gustaban. Ya hacía más de dos semanas que Vincenzo había retornado a su hogar, y Milena todavía no le había regalado nada. Se dijo a sí misma que regresaría al negocio al día siguiente y se los compraría. Al llegar a la esquina, la detuvo la luz roja del semáforo. Milena volteó hacia su izquierda y observó que un joven y su novia se protegían del clima envueltos en un fuerte abrazo; los miró con una ternura que lentamente su memoria se encargó de convertir en nostalgia. La luz roja dio paso a la verde y cruzó la calle. Notó que absolutamente todos los negocios tenían en sus ventanas banderas y guirnaldas con los colores patrios. Al pasar por un almacén vio cómo su dueño, quien lucía orgulloso una escarapela verde, blanca y roja, le mostraba un fusil a un grupo de niños. Le resultó patético ver a la gente común y corriente regocijándose en el triunfo de "sus" soldados. De repente todos se habían hecho nacionalistas, y parecían desvivirse por demostrar qué tanto amaban a su país. "Cuelgan una banderita y se sienten héroes", reflexionó Milena desencantada.

¿Qué tanta sangre debe derramarse para que el hombre comprenda que no hay nada que festejar al final de una guerra? Muchos intentan justificar la atrocidad bélica en función de la causa por la que la misma vela. Se me ocurren pocas cosas más pedantes que avalar lo inhumano de un medio con lo justo de un motivo. Una de esas pocas cosas es el intento propagandístico de disfrazar razones económicas o territoriales con un manto de grandeza soberana. ¿Acaso los países valen más que la vida? La nacionalidad, las insignias y el arraigo son azarosos, pero las almas son predestinadas. Que una persona se sienta más italiana, francesa, rusa o nazi que otra es una cuestión accidental, pero la esencia sagrada de la humanidad trasciende esas meras casualidades territoriales. O, al menos, debería trascenderlas.

Milena siguió su camino soportando el creciente hostigamiento del clima. Al llegar a la puerta de su modesta casa, dejó caer las bolsas y sacó de su bolsillo un juego de llaves. Sus manos se sentían torpes en los guantes, pero de todas formas se las arregló para abrir la puerta sin sacárselos. Dentro de su casa, el frío era un poco menos intenso; apenas un poco. Se sacó los guantes y la campera, pero dejó sus gafas oscuras puestas. Fue a la cocina y puso a calentar agua para hacerse un té.
La casa era por demás humilde: un comedor modesto, un único dormitorio, un pequeño baño; las paredes, húmedas; los muebles, desvencijados. En una vitrina que brillaba inmaculada, una decena de fotos perpetuaba a Vincenzo joven y vigoroso; en todos y cada uno de los retratos, Vincenzo lucía su uniforme camuflado. La ventana principal de la casa ofrecía una panorámica imponente del Tíber. Durante más de tres largos meses Milena intentó sosegar los demonios de su angustia, incertidumbre y soledad contemplando la inmensidad del río desde allí. En una de tantas noches eternas en las que sólo las turbias aguas tiberinas le acompañaban, Milena abominó la fina y contradictoria línea que separa las nociones de país y nación: nada más loable que arriesgar la propia vida por la defensa del hermano, del prójimo, del hijo de nuestra misma tierra, pero nada más indecoroso que ofrendar la ajena en defensa de un puñado de reprensibles instituciones.

¿Acaso el territorio vale más que la persona?
Milena, sosteniendo su taza de té humeante, entró sigilosamente al dormitorio si Vincenzo estaba dormido, no quería despertarlo pero se encontró con una habitación vacía . Sobre la cama yacía el uniforme de Vincenzo, doblado con meticulosa prolijidad. En la cómoda, una botella casi vacía de whisky hacía las veces de pisapapeles, y bajo la misma Milena encontró un sobre. Sin sacarse sus gafas oscuras, procedió a leer la carta que en su interior halló:

Después de la explosión, el cuerpo inmóvil de Paolo cayó a mi lado. La imagen de su rostro acribillado todavía me persigue. Noche tras noche tengo pesadillas que recrean el fatídico ataque enemigo en el que Paolo murió y, aunque no lo creas, también las tengo de día. Ver morir a tu mejor amigo así... no es algo para lo que el ejército te prepare. Pero lo peor es cómo me marcó esa locura de sangre y balas, de cadáveres y fuego: me convertí en alguien que desconozco, en alguien que odio. No soporto convivir con mi actual yo. Y me destruye saber que ese desconocido que ahora habita en mí puede lastimarte tanto. La guerra me transformó en alguien que no te merece, y tú no tienes por qué ser víctima de las secuelas de mi infierno. Lo que pasó anoche es algo que jamás lograré perdonarme, aun cuando tú sí lo hagas. No intento justificarme, tan sólo desahogarme: es lo único que le queda a mi alma desbordada. Paolo se fue, y mi razón se fue con él. La muerte y las llamas arrasaron con mi cordura y lo único digno que me queda por hacer es irme. Porque te amo debo cuidarte de mí; si alguna vez logro reencontrarme conmigo mismo, volveré y te pediré perdón.

Una paradoja que encoleriza: se termina la guerra, pero la paz desaparece de la vida del soldado; cesan las muertes a su alrededor, pero su alma se torna agonizante. Las secuelas del infierno lo signan para siempre y reaparecen sin piedad. Soportar las marcas que la batalla dejó en su mente es espantosamente arduo; soportar el dolor que esas marcas le hacen causar en los que ama es imposible. Es ese dolor el que se muestra intolerable. Por supuesto, ninguna medalla, ninguna condecoración, libra al soldado del martirio de saberse verdugo propio y de los que ama: la guerra torna sus propias mentes en su peor enemigo.

¿Acaso la patria vale más que la paz?
Milena dejó caer la carta y se sentó en el suelo. Llorando desconsolada se quitó las gafas y reveló un ojo morado.

Este cuento pertenece al libro "Nueve Creaciones", de Adolfo García. Para comunicarse con el autor o conseguir un ejemplar, escribir a infiniteplayer@hotmail.com
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