Podríamos decir que
visitamos Méjico y Guatemala, pero si queremos
ser precisos en cuanto a la naturaleza de nuestro viaje,
diremos que visitamos tierras mayas que actualmente son
denominadas como Chiapas, en Méjico y como república
de Guatemala. Si bien nuestro interés estaba centrado
en visitar las zonas arqueológicas donde se desarrolló
esta magnífica cultura, evaluamos que sería
conveniente visitar primero el famoso Museo de Antropología
de la ciudad de Méjico. Realmente esta fue una
decisión muy acertada ya que el museo nos transportó
a un lugar en el no tiempo en el que pudimos apreciar
tesoros mayas que solo conocíamos por fotos, además
de otras culturas: olmecas, toltecas, mexicas, teotihuacanos,
etc., dándonos una introducción muy valiosa
a nuestro viaje. Por supuesto que un día no alcanzó
para visitarlo, así que nuestra vuelta a Argentina,
la hicimos desde la ciudad de Méjico, exclusivamente
para volver otro día más al museo. Luego
sí, a recorrer tierras mayas.
Comenzamos por Palenque, ciudad del rey Pacal. Uno no
se puede imaginar esta ciudad en otro lugar que no sea
esta selva magnífica, con el canto de pájaros,
aullidos de monos y el sonido del agua de los arroyos
que la atraviesan. Por supuesto que hay vendedores ambulantes,
puestos de comida y micros transportando turistas a la
entrada. Pero basta pasar esta y todo se vuelve mágico,
uno siente que no hay nadie más ahí y que
el lugar lo recibe invitándolo a develar todo lo
que está escrito en sus piedras. Recorrimos Palenque
durante tres días, con sol (y mucho calor!!!!),
con frío y con lluvia. Y volvimos impactados por
los bellísimos templos que construyó el
hijo de Pacal, Chan Balam. En el lugar más alto
de Palenque, el Templo de la Cruz pareciera tocar la copa
de los árboles más altos de esta selva.
Seguimos nuestro viaje visitando Yaxchilan, un lugar que
nos intrigaba mucho ya que dicen que como a Palenque va
mucha gente, los dioses se han trasladado a este lugar.
Comenzamos a comprender por qué, cuando nos enteramos
que sólo se accede a ella por agua, luego de un
viaje en canoa de casi una hora por el caudaloso río
Usumacinta. Efectivamente, si bien es más pequeña,
sus templos parecen estar vivos y la selva que la rodea
ofrece un silencio que de silencio no tiene nada. De hecho
la Ceiba, árbol sagrado maya, el más grande
que vimos en todo el viaje estaba ahí con su tronco
de casi 3 metros de diámetro. Ese mismo día
visitamos Bonampak, famosa por poseer los murales mejor
conservados de toda la cultura maya. Es un lugar mucho
más pequeño pero la belleza de esas pinturas
mereció el tiempo que le dedicamos. Llegamos conducidos
por los lacandones, una etnia maya que sobrevivió
en la selva sin tener prácticamente contacto con
otras culturas hasta no hace mucho tiempo.
Pasamos la noche en un campamento lacandón y al
otro día viajamos a Guatemala. Este país
ocupa en la mitad de su superficie lo que se denomina
la selva del Petén, lugar prácticamente
impenetrable, y hacia ahí nos dirigíamos;
la otra mitad ocupa sierras y montañas. El cruce
lo hicimos otra vez en canoa por el Usumacinta, río
arriba hasta llegar a Bethel y de ahí en micro
hasta Flores, Santa Elena, única ciudad dentro
del Petén y a 60 km. de Tikal, la próxima
ciudad maya a visitar. Si Palenque nos mostró la
solidez de las ciudades mayas, Tikal nos esperaba para
mostrarnos cómo la naturaleza y sus templos son
parte de una misma unidad. Por más que mucha gente
la visita, es tan grande que es raro que uno se cruce
con otras personas cuando recorre los senderos, en medio
de la selva, para llegar a algún templo. Lo que
no es extraño es toparse con algún mono,
iguana, venado, mariposa, pájaro, coatí,
etc.etc. El haber estado tres días nos permitió
ver tanto el amanecer como el atardecer sentados en la
cúspide de sus templos y esa es una experiencia
que llevaremos en el corazón por el resto de nuestras
vidas.
De Tikal partimos para Antigua, un viaje en micro de toda
una noche por rutas rodeadas de precipicios. Esta ciudad
es famosa por su belleza dada por su estilo colonial y
por estar rodeada por tres volcanes. Fue nuestro punto
de partida para llegar a Copán en Honduras, otra
importante ciudad maya y a Quiriguá, si bien menor,
denominada “la biblioteca maya” por la cantidad
de estelas que posee. En Copán pudimos observar
el famoso templo Rosalila, tanto la réplica, a
tamaño natural en el Museo, como la verdadera que
se encuentra dentro de otro templo mayor. Recordemos que
los mayas, cada 52 años, construían sobre
los templos otros nuevos. A Quiriguá llegamos después
de cinco transbordos de camionetas a micros, a camionetas,
etc. Pero fue una magnífica oportunidad para estar
más en contacto con la gente de Guatemala, que
en su mayoría son descendientes de mayas. En Quiriguá
nos encontramos “casualmente” con un grupo
de personas rusas que también siguen el Calendario
Maya, observando la estela que tiene grabada la fecha
del inicio de este último ciclo que culminaría
en el 2012.
Nuevamente en Antigua, ahora para llegar a la feria más
famosa de América, la que se hace jueves y domingos
en Chichicastenango. Otro lugar mágico (¿alguno
no lo había sido hasta ahora?) Cientos de personas
que parecen miles, con sus artesanías, sus tejidos,
sus flores, sus ropas típicas, sus comidas, ofreciendo
desde sus puestos lo que hacen. Chichi, como lo llaman
los guatemaltecos, es una explosión de color, aroma
y sonido. El aroma es el del copal, resina aromática
que queman permanentemente, como hacían hace mucho
tiempo, en las ciudades que hoy se visitan como ruinas,
en sus ceremonias mayas para acercarse a los dioses. La
iglesia merece un párrafo aparte, entrar en ella,
escuchar la misa en quiché (uno de los tantos dialectos
mayas), ver flores por todos lados, oler el copal que
queman sin cesar, ahí comprendimos cabalmente lo
que significa el sincretismo. Luego de tanto bullicio
partimos a Panajachel, ciudad a las orillas del lago Atitlán
y a la serenidad de sus aguas, vimos el amanecer desde
el medio del lago en una lanchita diminuta que se utiliza
como transporte para ir de un pueblo al otro de los que
se encuentran a las orillas de este lago. Y aunque son
pueblos pequeños, su gente está ahí
desde hace muchísimo tiempo, desde antes que llegaran
los españoles y mantienen sus costumbres, su vestimenta
típica, tanto hombres como mujeres, y también
su historia impregnada por su estirpe maya, la época
de la conquista y hasta hace poco la guerra civil que
los golpeó por casi 30 años.
La tristeza al dejar esta parte de tierra maya que hoy
es Guatemala fue equilibrada por la afectuosidad de la
gente de San Cristóbal de las Casas, ya en Chiapas,
Méjico. Lugar tan bello como Antigua y menos “decorado”
para el turista, lo que la hace más creíble.
Esta alegre, colorida y bulliciosa ciudad fue nuestro
punto de partida para conocer como viven actualmente los
mayas de Méjico en lugares como San Juan Chamula,
Zinacantán, Ocosingo, etc. Y también para
llegar a Toniná, el último sitio arqueológico
maya de nuestro recorrido. No es fácil llegar ya
que no está dentro de los circuitos turísticos
pero preguntando y tomando micros locales arribamos a
ella sin ningún inconveniente. Cuando llegamos
nos dimos cuenta por qué había que ir. Toniná
tiene un paisaje totalmente diferente al de los otros
sitios, sierras y valles y una vista panorámica
maravillosa. Posee el templo más alto de todos
los reconstruidos, 82 metros, llegando a su cima luego
de subir 260 escalones. En una de sus estelas está
la última fecha grabada por los mayas, el baktun
10 (desde el 900 d.c. para nosotros) y si uno tiene tiempo
puede hablar con el arqueólogo que hizo toda la
excavación y reconstrucción ya que vive
a 700 metros del sitio arqueológico.
Así y después de 30 días de un intenso
recorrido fue que decidimos volver por la ciudad de Méjico,
ya que visitar nuevamente el museo nos permitió
valorar y disfrutar con más detalle lo que se expone
en él, porque ya habíamos podido observarlo
en su lugar de origen. Todos los sitios arqueológicos
que visitamos poseen museos y todos son excepcionales,
son parte de la visita a cada sitio. Ya de vuelta, concluimos
que fue acertado el itinerario armado ya que nos permitió
conocer el pasado y el presente maya y comprendimos que
cada sitio arqueológico merece ser recorrido con
tiempo, porque solo así, viendo que uno está
dispuesto a esperar, las piedras comienzan a hablar.
Top