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ICANEWS Junio / Julio 2007, Año 3 # 14
UN VIAJE A LAS TIERRAS MAYAS
por Ing. Analía Cristina Molinari
cisneros@ciudad.com.ar

Podríamos decir que visitamos Méjico y Guatemala, pero si queremos ser precisos en cuanto a la naturaleza de nuestro viaje, diremos que visitamos tierras mayas que actualmente son denominadas como Chiapas, en Méjico y como república de Guatemala. Si bien nuestro interés estaba centrado en visitar las zonas arqueológicas donde se desarrolló esta magnífica cultura, evaluamos que sería conveniente visitar primero el famoso Museo de Antropología de la ciudad de Méjico. Realmente esta fue una decisión muy acertada ya que el museo nos transportó a un lugar en el no tiempo en el que pudimos apreciar tesoros mayas que solo conocíamos por fotos, además de otras culturas: olmecas, toltecas, mexicas, teotihuacanos, etc., dándonos una introducción muy valiosa a nuestro viaje. Por supuesto que un día no alcanzó para visitarlo, así que nuestra vuelta a Argentina, la hicimos desde la ciudad de Méjico, exclusivamente para volver otro día más al museo. Luego sí, a recorrer tierras mayas.

Comenzamos por Palenque, ciudad del rey Pacal. Uno no se puede imaginar esta ciudad en otro lugar que no sea esta selva magnífica, con el canto de pájaros, aullidos de monos y el sonido del agua de los arroyos que la atraviesan. Por supuesto que hay vendedores ambulantes, puestos de comida y micros transportando turistas a la entrada. Pero basta pasar esta y todo se vuelve mágico, uno siente que no hay nadie más ahí y que el lugar lo recibe invitándolo a develar todo lo que está escrito en sus piedras. Recorrimos Palenque durante tres días, con sol (y mucho calor!!!!), con frío y con lluvia. Y volvimos impactados por los bellísimos templos que construyó el hijo de Pacal, Chan Balam. En el lugar más alto de Palenque, el Templo de la Cruz pareciera tocar la copa de los árboles más altos de esta selva.

Seguimos nuestro viaje visitando Yaxchilan, un lugar que nos intrigaba mucho ya que dicen que como a Palenque va mucha gente, los dioses se han trasladado a este lugar. Comenzamos a comprender por qué, cuando nos enteramos que sólo se accede a ella por agua, luego de un viaje en canoa de casi una hora por el caudaloso río Usumacinta. Efectivamente, si bien es más pequeña, sus templos parecen estar vivos y la selva que la rodea ofrece un silencio que de silencio no tiene nada. De hecho la Ceiba, árbol sagrado maya, el más grande que vimos en todo el viaje estaba ahí con su tronco de casi 3 metros de diámetro. Ese mismo día visitamos Bonampak, famosa por poseer los murales mejor conservados de toda la cultura maya. Es un lugar mucho más pequeño pero la belleza de esas pinturas mereció el tiempo que le dedicamos. Llegamos conducidos por los lacandones, una etnia maya que sobrevivió en la selva sin tener prácticamente contacto con otras culturas hasta no hace mucho tiempo.

Pasamos la noche en un campamento lacandón y al otro día viajamos a Guatemala. Este país ocupa en la mitad de su superficie lo que se denomina la selva del Petén, lugar prácticamente impenetrable, y hacia ahí nos dirigíamos; la otra mitad ocupa sierras y montañas. El cruce lo hicimos otra vez en canoa por el Usumacinta, río arriba hasta llegar a Bethel y de ahí en micro hasta Flores, Santa Elena, única ciudad dentro del Petén y a 60 km. de Tikal, la próxima ciudad maya a visitar. Si Palenque nos mostró la solidez de las ciudades mayas, Tikal nos esperaba para mostrarnos cómo la naturaleza y sus templos son parte de una misma unidad. Por más que mucha gente la visita, es tan grande que es raro que uno se cruce con otras personas cuando recorre los senderos, en medio de la selva, para llegar a algún templo. Lo que no es extraño es toparse con algún mono, iguana, venado, mariposa, pájaro, coatí, etc.etc. El haber estado tres días nos permitió ver tanto el amanecer como el atardecer sentados en la cúspide de sus templos y esa es una experiencia que llevaremos en el corazón por el resto de nuestras vidas.

De Tikal partimos para Antigua, un viaje en micro de toda una noche por rutas rodeadas de precipicios. Esta ciudad es famosa por su belleza dada por su estilo colonial y por estar rodeada por tres volcanes. Fue nuestro punto de partida para llegar a Copán en Honduras, otra importante ciudad maya y a Quiriguá, si bien menor, denominada “la biblioteca maya” por la cantidad de estelas que posee. En Copán pudimos observar el famoso templo Rosalila, tanto la réplica, a tamaño natural en el Museo, como la verdadera que se encuentra dentro de otro templo mayor. Recordemos que los mayas, cada 52 años, construían sobre los templos otros nuevos. A Quiriguá llegamos después de cinco transbordos de camionetas a micros, a camionetas, etc. Pero fue una magnífica oportunidad para estar más en contacto con la gente de Guatemala, que en su mayoría son descendientes de mayas. En Quiriguá nos encontramos “casualmente” con un grupo de personas rusas que también siguen el Calendario Maya, observando la estela que tiene grabada la fecha del inicio de este último ciclo que culminaría en el 2012.

Nuevamente en Antigua, ahora para llegar a la feria más famosa de América, la que se hace jueves y domingos en Chichicastenango. Otro lugar mágico (¿alguno no lo había sido hasta ahora?) Cientos de personas que parecen miles, con sus artesanías, sus tejidos, sus flores, sus ropas típicas, sus comidas, ofreciendo desde sus puestos lo que hacen. Chichi, como lo llaman los guatemaltecos, es una explosión de color, aroma y sonido. El aroma es el del copal, resina aromática que queman permanentemente, como hacían hace mucho tiempo, en las ciudades que hoy se visitan como ruinas, en sus ceremonias mayas para acercarse a los dioses. La iglesia merece un párrafo aparte, entrar en ella, escuchar la misa en quiché (uno de los tantos dialectos mayas), ver flores por todos lados, oler el copal que queman sin cesar, ahí comprendimos cabalmente lo que significa el sincretismo. Luego de tanto bullicio partimos a Panajachel, ciudad a las orillas del lago Atitlán y a la serenidad de sus aguas, vimos el amanecer desde el medio del lago en una lanchita diminuta que se utiliza como transporte para ir de un pueblo al otro de los que se encuentran a las orillas de este lago. Y aunque son pueblos pequeños, su gente está ahí desde hace muchísimo tiempo, desde antes que llegaran los españoles y mantienen sus costumbres, su vestimenta típica, tanto hombres como mujeres, y también su historia impregnada por su estirpe maya, la época de la conquista y hasta hace poco la guerra civil que los golpeó por casi 30 años.

La tristeza al dejar esta parte de tierra maya que hoy es Guatemala fue equilibrada por la afectuosidad de la gente de San Cristóbal de las Casas, ya en Chiapas, Méjico. Lugar tan bello como Antigua y menos “decorado” para el turista, lo que la hace más creíble. Esta alegre, colorida y bulliciosa ciudad fue nuestro punto de partida para conocer como viven actualmente los mayas de Méjico en lugares como San Juan Chamula, Zinacantán, Ocosingo, etc. Y también para llegar a Toniná, el último sitio arqueológico maya de nuestro recorrido. No es fácil llegar ya que no está dentro de los circuitos turísticos pero preguntando y tomando micros locales arribamos a ella sin ningún inconveniente. Cuando llegamos nos dimos cuenta por qué había que ir. Toniná tiene un paisaje totalmente diferente al de los otros sitios, sierras y valles y una vista panorámica maravillosa. Posee el templo más alto de todos los reconstruidos, 82 metros, llegando a su cima luego de subir 260 escalones. En una de sus estelas está la última fecha grabada por los mayas, el baktun 10 (desde el 900 d.c. para nosotros) y si uno tiene tiempo puede hablar con el arqueólogo que hizo toda la excavación y reconstrucción ya que vive a 700 metros del sitio arqueológico.
Así y después de 30 días de un intenso recorrido fue que decidimos volver por la ciudad de Méjico, ya que visitar nuevamente el museo nos permitió valorar y disfrutar con más detalle lo que se expone en él, porque ya habíamos podido observarlo en su lugar de origen. Todos los sitios arqueológicos que visitamos poseen museos y todos son excepcionales, son parte de la visita a cada sitio. Ya de vuelta, concluimos que fue acertado el itinerario armado ya que nos permitió conocer el pasado y el presente maya y comprendimos que cada sitio arqueológico merece ser recorrido con tiempo, porque solo así, viendo que uno está dispuesto a esperar, las piedras comienzan a hablar.

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